lunes, 24 de marzo de 2008

NEURASTENIA por Eloy Anzola Montauban

Venezuela ha quedado neurasténica. El país está desalentado y en estado depresivo, inclinado a la decepción, a la tristeza y la agresividad. La voluntad de su dirigencia civil y apolítica está disminuida. Ambos grupos parecen incapaces de concentrarse y de fijar su atención en los problemas. Es un hecho científico que el estado depresivo tiene dos causas principales: una causa genética, por una parte, y por otra, estímulos afectivos del momento. En Venezuela están reunidas las dos. Desde nuestra Independencia, nacimos con la melancolía y el anhelo de construir una sociedad soñada, ideal, ajena a lo que realmente éramos.

Señas que la estructura formal de nuestro Estado, plasmada en nuestras abundantes Constituciones y nuestras variadas leyes, siempre o casi siempre, han correspondido a inspiraciones o a copias serviles de las vigentes en ambientes o naciones muy diferentes de lo que en realidad hemos sido y somos. Pareciera que en el curso de nuestra historia nos hubiéramos dedicado a legislar y a inventar instituciones económicas y sociales, ajenas a nuestra estructura real sin ver las condiciones físicas, raciales y éticas que son las nuestras. En ciento cincuenta años tuvimos nada mas que un solo Vargas, por estar jugando con las filosofías del siglo de las Luces. Nosotros rompimos el pacto colonial. Heredamos una nación pobre en todo sentido, y condenada a poco mas que vender sus productos primarios en competencia con el resto del mundo, y por tanto, dependiente de el. No podíamos ni remotamente pensar en independencia, con el agravante dramático, que a pesar de los esfuerzos cepalistas, todavía recientes, nuestra transformación en país petrolero aumentó y consagró nuestra dependencia. Al factor puramente económico se agrega un componente cultural que hiere y vulnera nuestra identidad. No es ninguna travesura de la mente, constatar que nos comportamos como colonizados y mayameros y cuando hablamos de economía de mercado, pareciera que nuestra meta no fuera el aumento de la productividad sino mas bien un tipo de economía, cuya manifestación de enriquecimiento no se expresa, precisamente, en mas calidad de vida y de bienestar para la gran mayoría de la población. Nos sentimos mal. Mal dentro de nuestra propia piel, como los deprimidos a quienes acosan problemas sentimentales, tales como la perdida del status social o el abandono de un ser querido. Seguimos sin ser capaces de entender que vivimos en una dualidad y que estamos ante el dilema de escoger entre nuestros dos "yo". Dilema que cualquier deprimido se encuentra incapaz de resolver. Bien lo saben los siquiatras, quienes constatan que cuando la enfermedad se agudiza termina en el suicidio.

Existen dos Venezuelas. La heredada del pasado configurada por los políticos y sus lideres, por un lado, y por el otro, la nueva generación de empresarios y profesionales, cuya visión de los hechos es el presente y el futuro. La primera, como es natural, es resistente y conservadora y se aferra a sus prebendas y malas costumbres y, la segunda, hasta ahora, conculcada y en dificultad para levantar la cabeza. Para los políticos es cómodo, aunque no corresponda a la verdad, acusar a la clase empresarial y profesional de nuestros males. Lo cierto es que mientras esa Venezuela del trabajo y la productividad no se independice, y así termine por entenderlo el país político y resuelva su dilema, seguiremos en lo mismo. El retorno a los alzamientos militares, la pugnacidad entre partidos políticos y los llantos sobre la democracia amenazada, nada resuelven.

ELOY ANZOLA

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